julio 26, 2021

La muerte del fútbol | Manos de guante blanco | (Duodécima entrega)

¿El fútbol, crece o se muere? La pregunta que interrumpe la certeza pronosticada en el título de la serie y el tono de todas las notas anteriores, a la vez que parece forzada, casi ortopédica, tiene su razón de ser. En este mismo sitio, que como todos los medios de PERFIL se destaca por su pluralidad, mientras se publican estas entregas en las que vaticino “La muerte del fútbol” en un futuro no muy distante, dos semanas atrás se publicó un texto que exalta casi lo opuesto: “El crecimiento del fútbol fuera del campo de juego”. Firma el artículo Mariano Elizondo, director de la Diplomatura en Gestión de Entidades de Fútbol de la Universidad Austral.

El autor merece todos mis respetos porque es el expresidente de la cuasi nonata Superliga, esa mala copia de las ligas española, alemana e inglesa. Ambicioso proyecto que también se tragó el año de la pandemia en otra incomprensible mutación del monstruo argento-político-futbolero que caza con cartuchos prohibidos y devora todo, aún en veda, fuera de coto y antes de que la presa alcance la adultez permitida…

Lo respeto por ser ‘ex’, no por haberla presidido. Es ‘ex’ porque renunció, no compatibilizó ni congenió con ‘los de siempre’, no quiso continuar en esa montería ajena al reglamento de caza. Se negó a dormir con el enemigo. No se tentó con las luces de la marquesina, los favores de la fama y las saciedades del dinero que podría ‘sobrar’ para su exclusivo beneficio. ¡Chapeau! Dicho esto, tan justo y merecido sobre el argumentista, vamos a los argumentos de su artículo.

La muerte del fútbol | Un tiro en el pie (primera entrega)

Obviamente, casi como consecuencia instintiva y reflejo inconsciente de su título, cátedra y currículo, Elizondo rechaza los personajes del enredo pero defiende y alienta el carnaval marketinero que invadió y desnaturalizó a la mayor belleza ya existente, a lo largo de la historia, en materia de deportes: el fútbol… Apoya su elocuente premisa en todo aquello que no hace al arte del juego, ese que nos convoca y da sentido al contexto que lo presiona, altera y exprime.

Ve crecimiento, palabra que resiste a varias interpretaciones, en los materiales que tornan más leve a las camisetas y en los sintéticos y las espumas que tornan más deslizantes a las pelotas, así como admira los formatos personalizados y la multifunción de los botines y el desarrollo de nuevos colores, todo ello fruto, según él mismo, de silenciosos profesionales que jamás tocaron una pelota… Humm…

Se dice «feliz» porque los chinos ven publicidades que se emiten en Europa, por los negocios que ese mercadeo genera y por las alianzas que el fútbol consigue entre pueblos que hablan idiomas de raíz diversa. Se muestra encantado por recibir en su Smartphone las alineaciones de los equipos y más aún con el flujo de inversiones que viajan de un continente a otro, gracias al pelotazo transcontinental que le hicieron dar las nuevas tecnologías

La muerte del fútbol | Engañame que me gusta (segunda entrega)

No solo él, todos nos alegramos con esos avances, pero como dijo la pacifista Bertha von Suttner, única compañera conocida de Alfred Nobel, “si hubiese imaginado que la dinamita se usarían para el mal, él nunca la habría inventado, era un hombre de paz”. El fútbol, en manos de la dirigencia que conocemos, es la dinamita de Nobel explotando donde no debería ni se pensó detonarla. Está en manos erradas, manos de guante blanco, aunque la indumentaria y los perifollos de hoy sean más correctos que los usados ayer.

El libro del fútbol actual podrá ser colorido, impreso en papel de lujo y ofrecido con una luz de lectura anexa, pero su contenido no es literario, deja mucho que desear. ¿Qué libro llevaríamos al archipiélago Juan Fernández, aquel de la isla de Robinson Crusoe: uno gráficamente impecable, en couché satinado y tapa dura, con textos del impresentable montonero Horacio Verbitsky, o las obras completas de Jorge Luis Borges impresas en papel diario y sin tapa? Esto no es diferente.

No obstante, todo lo que Elizondo dice respecto a los materiales deportivos, camiseta, pelota, botines, es real e indesmentible; tanto como aquello que a él se le escapa y deja de mencionar. No habla de la corrupción universal y en gran escala que ese moderno movimiento de dinero extra, derramado en la lavandería futbolera, provoca; tampoco cuestiona la burbuja que se infla inercialmente en las transferencias para que el Zeppelin no caiga en pleno vuelo. Y, mucho menos, repara en la pérdida de calidad que sufrió el núcleo de todo esto: el juego.

La muerte del fútbol | Un grito de socorro (tercera entrega)

La priorización del ya teatral negocio del fútbol hoy se sobreimprime en el programa que antes exhibía arte y exaltaba a los artistas. Hasta había coleccionistas de programas… Ahora solo importan cuántos espectadores pagaron entrada, si la sala está llena y si las placas con marcas de productos que penderán del telón están prontas. La obra a exhibirse puede ser cualquiera, no interesa. Los intérpretes tampoco. ¡Merde! (no en el sentido escénico francés).

Toda esa modernidad, de acuerdo al autor, se debe a la planificación financiera de ‘gente capacitada’. Y ajena al riñón del fútbol. Es coherente, porque hace solo un año, justificando su renuncia a la titularidad de la Superliga, le contó al diario La Nación su falta de piel con los directivos que, en definitiva motivaron su adiós: “Una de las cosas que hace más ruido es el tema del control económico-financiero (…) Tiene que ver, quizá, con el origen de la Superliga: que los clubes paguen el salario en tiempo y forma, que los clubes paguen los pases de los jugadores cuando se los compran entre ellos (…) Al argentino no le gusta que lo controlen”. Ahora, 365 días más tarde, no se desmiente pero recuperó el optimismo y tiene un discurso muy ‘pro’ y más soft.

Sin embargo, aquella vez definió con precisión uno de los puntos vitales del ‘problema del fútbol’, foco que hoy parece eludir. Se preguntó: “¿Cuán eficiente es un dirigente que tiene un interés particular trabajando en una organización que tiene que tener un interés general?”. Perfecto. Pero contradictorio con su actual augurio de crecimiento del fútbol, que supone larga vida. Si los dirigentes no funcionan y son ellos los que siguen administrándolo: ¿por qué el sistema va a crecer?

La muerte del fútbol | Mala praxis (cuarta entrega)

Por otro lado, ya vimos en esta serie que la opción de los ‘ajenos al fútbol’ también lo esquilman, como Joseph Blatter y Jérôme Valcke lo hicieron y permitieron desde la FIFA. Si no surgen del vientre de la pelota, lo usan de trampolín como hizo Silvio Berlusconi en Italia, lo roban como Bernard Tapie en Francia o, en el mejor de los casos, no ‘entienden su sensibilidad’ como parece ocurrir con el señor Frederico Nantes y otros en la CONMEBOL. ¿Entonces? Si ni unos ni otros, ¿quién, quiénes?…

Sin que el nudo ahorque a nadie en el patíbulo del fútbol, solo prohombres conseguirían conciliar los dos extremos de esa cuerda de cuatro puntas que este especialista en políticas deportivas citó, las del interés particular y el interés general, en un extremo de la soga, y las de los futboleros y los outsiders, en el otro. Y los prohombres, ya se sabe, están en vías de extinción. Tampoco serian suficiente uno, dos o diez; se necesitarían millares de ellos, que de existir tal vez estarían dedicados a arreglar al propio mundo y no al fútbol.

Supongo que Elizondo, por haber nacido en una localidad más acotada, como Mercedes, provincia de Buenos Aires, donde todos conocen a todos, entiende esto y sabe distinguir a los buenos de los malos, tanto como sus vecinos chacareros separan a la paja del trigo; allí, en su ciudad, germinaron especímenes de ambos bandos: Jorge Rafael Videla, Héctor Cámpora, Felipe Pigna y Roberto Payró

La muerte del fútbol | Desarraigo y ‘Clubicidio’ (quinta entrega)

La ineficiencia puede ser transitoria y se supone salvable, claro, en cambio y tal como el químico francés Lavoisier definió a la materia, la corrupción, una vez creada, jamás se destruye, apenas se transforma. Y entre ella y quienes la practican, modernizan, modifican y eternizan, es decir los corruptos, están los ingenuos, ineptos y correctos colaboradores que sin quererlo alimentan el vicio. Voluntariosos que no denuncian ni reparan, apenas siguen el camino trazado por ‘los otros’, senda que no lleva a lugar alguno y cuyo final es el vacío. Diferentes de usted que dejó la cama vacía, ellos, sin entenderlo, duermen con el enemigo, son cómplices inconscientes, pobres marionetas de ‘aquellos’. Podrá la tecnología mejorar muchos elementos como pelotas, butacas, y botines, sí, pero no subsanará ni corregirá los desvíos humanos. Una vez instalado, el mal se queda como un raro huésped dominante.

De lo específico del juego, Elizondo, en su texto, comenta poco, como si el marketing periférico lo entusiasmase más que el taco y la gambeta. Prefiere el grito histérico de la mercadotecnia a la melodía de timbres de un ‘tiki-taka’ ofensivo. Y allí puede sustentarse gran parte de nuestras diferentes visiones de vida o muerte del balompié, como decía aquel inolvidable relator que respondía al mote de Fioravanti (Joaquín Carballo Serantes, montevideano de nacencia, fallecido en 1989).

En su artículo, el ejecutivo sostiene que el juego que veíamos ayer “parecía el mismo que vemos hoy, aunque un poco más lento”; lo que lleva a creer que solo ve la respuesta física de los protagonistas, no interpreta a la antigua pausa como un segundo extra que el crack se tomaba para pensar el juego. Pena; él se lo pierde. Y luego agrega una premisa que lleva agua a su molino pero, por equivocada, debe ser el foco de su legítima confusión: “Creemos que el fútbol actual es parecido al que se jugaba hace unos años. Pero lo que no se ve del juego es totalmente diferente”.

La muerte del fútbol | El cuento de la buena pipa (sexta entrega)

¡No Mariano, no! Lo que hoy se ve del juego es muy diferente y ese es el quid de la cuestión… Aquello que no se ve vaya y pase o bienvenido sea, aunque si para volver a jugarse bien y entretenernos en una cancha tienen que regresar las camisetas de algodón grueso y las pelotas de tiento… ¡Que resuciten el algodón y el tiento! Lo que se jugó y consumió hasta medio siglo atrás y usted no tuvo la fortuna de ver, era champagne francés, mientras ‘esto’ que se ve y consume ahora es Tonayán mexicano. El paladar de su generación se desarrolló con malos alcoholes futbolísticos, está etílicamente intoxicada, por eso cualquier tetrabrik que rechaza de puntín para arriba les mata la sed y si patea para adelante los entona…

De ningún modo puede aceptarse que “el fútbol actual es parecido al que se jugaba…”. Aquello era manufacturado por artistas, cada jugada era una pieza única, lo actual es fabricado industrialmente, en serie, por operarios sin talento y poco especializados. No alcanza con el histrionismo de entrenadores carismáticos y premios millonarios. El parasitario show mediático ayuda a lustrar el afuera, pero no corrige el adentro, no hace a lo esencial, en general lo perjudica porque, en la necesidad de justificarse, elogia aquello que debiese criticar.

El glamour de los estadios no eleva la calidad de la obra exhibida. Gabino Sosa no era hijo del marketing, Amadeo Carrizo tampoco. Enrique García era ‘El Poeta’ de la Zurda’ y en las tribunas no se cantaba “la gente ya no come para ver a Walter Gómez” por falta de otra letra. Hoy se canta “huevo, huevo, huevo…”. Estas canciones de cancha, creo, algo nos dicen. Como decía otro uruguayo maravilloso, el DT Washington ‘Pulpa’ Etchamendi, “no confundamos el pensado bridge con la simple canasta solo porque ambos se juegan con naipe francés”.

La muerte del fútbol | La Caja de Pandora (séptima entrega)

Luego, el director de cátedra de la Universidad Austral, escribe: “Al momento de tomar decisiones, los cuerpos técnicos pueden conocer la cantidad de metros recorridos de un jugador en la cancha, cuántas veces tuvo desplazamientos de más de 30 km, o cómo está pisando y su grado de cansancio físico”. Estupendo, de verdad. Soy un amante de las estadísticas, casi obsesivo, y con esos datos, si hubiesen existido en 1985, cada lunes hubiera editado un suplemento especial en ‘Solo Fútbol’. Lo juro. Pero eso es condimento, tampoco es esencia.

Apostar a la pomposidad de los azúcares decorativos, es torta para hoy y hambre para mañana. Es creer que el antiestético San Lorenzo del torneo Inicial 2013, porque contaba con esos datos y fue campeón, era mejor que el ‘Expreso’ de Gimnasia (1933) o superior a ‘Los Profesores’ de Estudiantes (1928-1932), que desconocían esa información y no ganaron nada. Casi todos los artilugios inventados en los últimos años, lo reconozco, ayudan a vencer, sí. Es una triste verdad. Pero ganar a cualquier precio no es todo. Créame.

¿A quién le importa cuántos metros corre un lateral que sube 25 veces y las termina siempre mal? ¿No es mejor uno que solo vaya al ataque en diez ocasiones y termine ocho bien? Como reconozco que hoy, entre ambos laterales, la mayoría de los técnicos elige al que se proyecta 25 veces, porque “inflama a la tribuna y se muestra para intermediarios de clubes europeos y quizá genere un buen negocio”, es que sostengo que el fútbol se muere. Los paraguayos y hermanos Ángel y Oscar Romero, los únicos con habilidad disruptiva, son suplentes en un tosco San Lorenzo y el colombiano Edwin Cardona sumaba banco en el tropezado Boca Juniors de Miguel Russo. Juegan ‘los otros’, ponen a los que llenan los requisitos del formulario de la modernidad y nos duermen en el sofá de la pandemia.

La muerte del fútbol | El crimen casi perfecto (Octava entrega)

Quienes ayer vimos buen fútbol y hoy vemos los peores espectáculos ya presentados en la historia, no estamos interesados en saber si la pelota corta más el viento y los botines se amoldan de diferente modo en el pie diestro del zaguero o en el izquierdo del wing. Tampoco nos importa que la transpiración se convierta en Chanel Nº 5; la mayoría podría no sudar que igual olería mal. Queremos ver buen fútbol. Solo eso. Y punto. Hoy parece una exigencia de máxima y un pedido fuera de lugar, casi un exabrupto, pero antes abundaba como las calles de empedrado, era moneda corriente.

Sin dudas, el relativamente joven Elizondo desconoce que Ronaldinho Gaúcho, Orestes Omar Corbatta y el todavía vigente Tony Kroos aprendieron a jugar descalzos y el ‘Loco’ René Houseman y Garrincha, ‘en patas’, jugaban cien veces mejor que Jonathan Bottinelli, el ‘Churry’ Cristaldo o Marcos Rojo bien calzados, profesionales estos que llevan años en Primera y vistieron la casaca de la Selección o actuaron en Ligas importantes del exterior. Tomás ‘Trinche’ Carlovich y José Luis ‘Garrafa’ Sánchez, en canchas peladas del fútbol de los sábados, llenaban los ojos, mientras estos famosos ‘jugadores de elite’ solo inspiran palabrotas porque no consiguen parar la pelota, comenten foul en cada intervención o se la dan siempre a un rival. Lo que natura non da, ni Salamanca ni el marketing prestan

El hábito no hace al monje; nunca lo hizo. Los materiales impermeables, anti- transpirantes y moldeables son sensacionales si están en los pies de Lionel Messi o Kylian Mbappé porque les permiten mejorar un 2% lo que parece inmejorable; sino es con ellos, solo aumentan el patetismo de jugadores como ‘Tota’ Medina, Neri Cardozo, Christian Tula o Robert Flores que llegaron a Primera porque se esforzaron más que otros, lo que es altamente valorable, pero futbolísticamente sin nada más.

La muerte del fútbol | El VAR es una puñalada por la espalda | (Novena entrega)

Leonardo Da Vinci pintó obras únicas y eternas con polvo de hueso y saliva, fabricaba tinta con las agallas que producen los robles por efecto de un parásito, y dibujaba con pluma de ganso secada en arena; sus acuarelas las hacía con goma arábiga. No precisaba de pinceles con pelo de marta Kolinsky con mango de abedul y tilo y virola metálica; ni usaba tintas con pigmentos y barnices sofisticados como utilizan los millones de pintores actuales que no le pisan los talones. Era… ¡Leonardo! Así de simple. En las canchas del arte, cualquier botín lo destacaba, jugaba sin camiseta y cabeceaba pelotas con tiento, duras y pesadas que no patearían los millonarios cracks del presente, quienes cuando juegan solo nos pintan paisajes de nostalgia, de aquello que ya fue…

Lamento frustrarlo y matarle la ilusión, Elizondo, aunque es una ingenuidad mía creer que puedo tener ese efecto, pero como dice el marchand rosarino Ignacio Gutiérrez Zaldívar, “en Argentina, pintores y escultores hay veinte mil, pero artistas no sé si cien”. Y en el mundo todo es lo mismo. Respetuosamente, abstractos contemporáneos como Elizabeth Neel o Daniel Hesidence, aunque vendan bien, expongan en buenas galerías, provoquen bastante y un día lleguen a algún museo importante, nunca serán Da Vinci y no perdurarán. No pintarán la Mona Lisa ni serán Leonardos aunque la máquina del tiempo les permitiera estudiar en el taller de Verrocchio. El verdadero fútbol no es marketing caro, es juego entre talentosos Da Vinci.

De esa diferencia se trata todo esto y por ello el fútbol muere y no crece. Yacerá en refrigerado féretro de oro sintético y detalles en espuma platinada y ecológica, pintado con nuevos colores biodegradables y código QR conectando la biográfico del finado con el Smartphone de los deudos. Modernísimo y marketero, pero… sin el respeto del luto ni la elegancia de la sobriedad. Estimado Mariano, cuando llegue la hora, cuide ese cajón con celo familiar y no lo vele en clubes o federaciones, la dinamita de Nobel puede explotarlo. O, en el mejor de los casos, las manos de guante blanco se lo van a esconder, maltratar, sobrefacturar, robar o transferir a Europa con muerto y todo… Si no se lo cambian por otro deporte agonizante como el boxeo o el peor nacido rugby, después que negocien con algún sponsor y vendan los derechos de transmisión del viaje al más allá, mientras un coro de ángeles sin alas, canta el himno de los himno…

Continuará…

* Ex director asociado de ‘Diario Perfil’ y creador de la icónica revista ‘Solo Fútbol’

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Fuente: Perfil.com

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