mayo 18, 2021

Para algunos adolescentes, ha sido un año de ansiedad y visitas a la sala de urgencias

Dr. Rebecca Baum, a developmental pediatrician in Asheville, N.C., on Saturday, Feb. 6, 2021. “We had a shaky system of care in pediatric mental health prior to this pandemic, and now we have all these added stressors on it,” said Baum. (Jacob Biba/The New York Times)
Dr. Rebecca Baum, a developmental pediatrician in Asheville, N.C., on Saturday, Feb. 6, 2021. “We had a shaky system of care in pediatric mental health prior to this pandemic, and now we have all these added stressors on it,” said Baum. (Jacob Biba/The New York Times) (JACOB BIBA/)

(Science Times)

Cuando la pandemia afectó por primera vez el Área de la Bahía de San Francisco durante la primavera pasada, Ann pensó que su hijo, de 17 años, estaba finalmente a punto de terminar el bachillerato. Había abandonado un fuerte hábito de fumar marihuana y estaba tomando clases virtuales, mientras la escuela permanecía cerrada.

La primera oleada de llamados a quedarse en casa acabó con sus rutinas habituales: hacer deporte y tocar música con los amigos, pero la estabilidad no duró.

“Desde entonces, y durante todo este tiempo, el aislamiento social le ha afectado”, comentó Ann, una asesora que vive en los suburbios de San Francisco. Ella, como los demás padres de este artículo, pidió que se omitiera su apellido para mantener su privacidad y para proteger a su hijo. “Es un chico encantador y divertido, que también es sensible y ansioso”, dijo. “No lograba encontrar un trabajo; realmente no podía salir, y empezó a consumir marihuana de nuevo, y Xanax”.

La frustración del adolescente por fin estalló el mes pasado, cuando se cortó de manera intencional.

“Llamamos al 911 y lo llevaron a la sala de urgencias”, afirmó su madre. “Pero allí se limitaron a coserlo y a darlo de alta”. Los médicos le enviaron a casa, dijo, “sin apoyo, sin terapia, sin nada”.

Ann y su hijo son como muchas familias en el último año. Las encuestas y las estadísticas muestran que para los jóvenes que son ansiosos por naturaleza o que ya se sienten emocionalmente frágiles, la pandemia y su aislamiento los han llevado al borde. Los índices de pensamientos y comportamientos suicidas han aumentado un 25 por ciento o más con respecto a periodos similares de 2019, según un análisis recién publicado de encuestas realizadas a pacientes jóvenes que acuden a urgencias.

Para estos adolescentes, no hay muchos lugares a los que puedan acudir. Necesitan ayuda, pero es difícil obtener un diagnóstico psiquiátrico. Están tratando de gestionar una interrupción sorpresiva en sus vidas, una pérdida imprecisa y, sin un diagnóstico, es difícil conseguir el reembolso de la terapia. Suponiendo que los padres sepan qué tipo de ayuda es la adecuada y dónde encontrarla.

Por último, cuando se presenta una crisis, muchos de estos adolescentes acaban en el servicio de urgencias local, el único lugar al que las familias desesperadas suelen acudir en busca de ayuda.

Muchos departamentos de urgencias de todo el país están percibiendo ahora un aumento de estos casos. Durante la mayor parte de 2020, la proporción de ingresos en urgencias pediátricas por problemas de salud mental, como ansiedad y ataques de pánico, aumentó un 24 por ciento en el caso de los niños pequeños y 31 por ciento en el de los adolescentes, en comparación con el año anterior, según un informe reciente de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por su sigla en inglés).

Los servicios de urgencias locales no suelen estar preparados para esta carga adicional. Con frecuencia, los trabajadores no tienen una formación especializada para gestionar los problemas de comportamiento, y las familias no tienen muchas opciones para saber adónde acudir, lo que deja en un limbo en la sala de urgencias a muchos de estos adolescentes que se sienten inseguros ante la pandemia.

“Nos enfrentamos a una crisis nacional”, aseveró Rebecca Baum, pediatra especializada en desarrollo en Asheville, Carolina del Norte. “Los jóvenes tienen que estar internados en urgencias durante días porque no hay camas del departamento de psiquiatría disponibles en todo su estado, ni siquiera en el hospital. Por supuesto, el niño o el adolescente está allí tumbado y no entiende qué está sucediendo en urgencias, por qué tiene que esperar allí o a dónde irá.”

Lo que sienten los adolescentes

Jean, una artista y madre de dos hijos que vive en Hendersonville, Carolina del Norte, comentó que su hijo de 17 años estuvo bien toda la primavera pasada, pero los meses de clases virtuales y la pérdida de los placeres sociales sencillos, como salir con los amigos o jugar ajedrez, lo cambiaron durante los meses de otoño.

“Ahora se ha vuelto muy solitario. Tiene cambios de humor. Llora mucho”, dijo Jean. “Es terrible ver a este niño gigante… llorando”. El joven ha tenido ataques de pánico, que en dos ocasiones han precedido a un desmayo. Durante uno de ellos, se cayó y se lesionó el rostro.

Lisa, madre de tres hijos proveniente de Asheville, dijo que los meses de clases virtuales y el relativo aislamiento social habían cambiado a su hijo extrovertido de 13 años “de maneras profundas que jamás habría anticipado”.

Sus notas bajaron mucho y empezó a retraerse. “Luego, nos decía que no podía obligarse a hacer la tarea, que no quería decepcionarnos todo el tiempo, que no valía nada. Que era un inútil”.

Estos jóvenes no cumplen necesariamente con los requisitos para un diagnóstico psiquiátrico, ni están “traumatizados” en el sentido estricto de haber tenido una experiencia que pusiera en peligro sus vidas (o la percepción de haberla tenido). Según los psicólogos pediatras, tratan de gestionar una interrupción en su desarrollo normal: una suspensión repentina e indefinida de casi todas las rutinas y conexiones sociales, lo cual deja una profunda pero vaga sensación de pérdida sin un origen único y definido.

Sobrecarga del sistema

Los cambios de comportamiento resultantes pueden parecer repentinos: descubren a una alumna destacada de sexto grado cortándose a sí misma; un estudiante de segundo año, de carácter dulce, golpea a uno de sus padres o hermanos. Los padres, asustados, a menudo no saben adónde acudir para obtener la ayuda adecuada. Muchos no tienen los recursos o los conocimientos necesarios para contratar a un terapeuta.

Las familias que acuden a las salas de urgencias de sus hospitales locales suelen descubrir que las clínicas están mal equipadas para atender estos casos. El personal está mejor capacitado para tratar los daños físicos que los mentales, y suelen enviar a los pacientes de vuelta a casa, sin una valoración o apoyo adecuados. En los casos graves, a veces permanecen en el servicio de urgencias durante días antes de encontrar una cama en otro lugar.

En un informe reciente, un equipo de investigación dirigido por los CDC descubrió que menos de la mitad de los servicios de urgencias de los hospitales estadounidenses tenían políticas claras para tratar a los menores con problemas de conducta. Llegar al fondo de cualquier problema de comportamiento complejo puede requerir días de observación del paciente, como mínimo, de acuerdo con los psiquiatras, y muchos servicios de urgencias no cuentan con los especialistas, el espacio o los recursos externos necesarios para realizar bien esta labor.

Para Jean, ha sido complicado lograr que diagnostiquen a su hijo. Desde entonces ha desarrollado el síndrome del intestino irritable. “Ha bajado de peso y ha empezado a fumar marihuana por aburrimiento”, dijo Jean. “Todo esto se debe a la ansiedad”.

Ann, la asesora del Área de la Bahía de San Francisco, dijo que la visita de su hijo a la sala de emergencias el mes pasado fue la tercera en los últimos 18 meses, todas ellas por problemas relacionados con la abstinencia de las drogas. En una de ellas, le diagnosticaron psicosis de manera errónea y lo enviaron a un pabellón psiquiátrico del condado. “Esa experiencia en sí misma (estar encerrado durante días en un pabellón, sin que nadie le dijera por qué ni cuánto tiempo iba a estar allí) fue lo más traumático que ha vivido”, dijo.

Como muchos otros padres, ahora está cuidando a un hijo inestable y se pregunta adónde dirigirse después. Es posible que necesite un programa de rehabilitación por su adicción a las drogas, así como una terapia frecuente.

Lisa ha contratado un terapeuta para su hijo, una sesión por Zoom cada dos semanas. Al parecer ha ayudado, señaló, pero es demasiado pronto para saberlo. Por el momento, Jean espera que el riesgo de contagio disminuya pronto para que su hijo pueda conseguir un trabajo seguro.

Las tres madres se han convertido en observadoras muy precisas de sus hijos y han estado más pendientes de los cambios de humor. Los terapeutas afirman que el simple hecho de escucharlos suele ayudar a aliviar la angustia. “Tratar de educar a los padres es una parte rutinaria del trabajo”, dijo Robert Duffey, pediatra de Hendersonville. “Y, por supuesto, necesitamos con urgencia que estos niños vuelvan a la escuela”.

No obstante, los profesionales médicos afirman que hasta que el sistema de salud no encuentre la manera de equipar y apoyar a los servicios de urgencias para lo que se han convertido (el primer recurso y a veces último), los padres tendrán que navegar en su mayoría por su cuenta y apoyarse en otros que han tenido problemas similares.

“El COVID ha puesto nuestro sistema bajo la lupa en lo que respecta a las cosas que no funcionan”, dijo Baum, la pediatra de Asheville. “Antes de esta pandemia, teníamos un sistema inestable de atención en salud mental pediátrica, y ahora tenemos todos estos factores de estrés añadidos, todos estos niños que llegan por problemas relacionados con la pandemia. Los hospitales de todo el mundo están luchando para adaptarse”.

Si presentas pensamientos suicidas, llama a la Línea Nacional de Prevención del Suicidio al 1-800-273-8255 (TALK). Puedes encontrar una lista de recursos adicionales en la página SpeakingOfSuicide.com/resources.

Fuente: InfoBae

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